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CRÍTICAS de ESTRENOS: UN GRAN VIAJE ATREVIDO Y MARAVILLOSO

CRÍTICAS de ESTRENOS: UN GRAN VIAJE ATREVIDO Y MARAVILLOSO

"un viaje que promete magia y emociones, pero termina siendo más predecible que atrevido. Bonita a la vista, sí, pero le falta el golpe al corazón que nos habían vendido"

Escrito por: Andrés García

Título Original: A Big Bold Beautiful Journey

Duración: 108 minutos

Dirección: Kogonada

Guion: Seth Reiss

Reparto: Margot Robbie, Colin Farrell, Phoebe Waller-Bridge, Hamish Linklater, Lily Rabe, Billy Magnussen, Yuvi Hecht, Shelby Simmons, Jodie Turner-Smith, Sarah Gadon, Lucy Thomas, Brandon Perea, Jennifer Grant, Kevin Kline, Mike Meldman

Fotografía: Benjamin Loeb

Música: Joe Hisaishi

Género: Drama Romántico

Distribuidora en Cines: Sony Pictures

Fecha de Estreno en Cines: 19 de Septiembre 2025

SINOPSIS

¿Qué pasaría si pudieras abrir una puerta y atravesarla para revivir un momento decisivo de tu pasado? Sarah (Margot Robbie) y David (Colin Farrell) son dos solteros que se conocen en la boda de un amigo común y, pronto, por un sorprendente giro del destino, se embarcan en Un gran viaje atrevido y maravilloso, una aventura divertida, fantástica y arrolladora en la que reviven juntos momentos importantes de sus respectivos pasados, descubriendo cómo han llegado a donde están en el presente... y posiblemente teniendo la oportunidad de cambiar el futuro de ambos.

OPINIÓN

Escrito por: Andrés García

La idea de enfrentarse al pasado para abrir el corazón y, de paso, ahorrarse unas cuantas sesiones de terapia tiene algo irresistible: jugosa y políticamente conveniente. Kogonada y Reiss nos ofrecen, sobre el papel, un «gran viaje atrevido y maravilloso» que, en la práctica, se queda demasiado cerca de lo previsible y de lo empalagoso.

La premisa funciona. Hay material para hurgar en lo humano, para construir arcos de personaje profundos y llenos de grietas. Pero la película decide no profundizar: todo se resuelve con soluciones estilísticas y momentos que buscan emoción fácil. Lo que podría haber sido una pieza mayor se queda en la superficie; hay ingredientes magníficos, pero preparados a medias.

La relación entre los protagonistas —Margot Robbie y Colin Farrell— es el ejemplo más claro. Entre ellos hay complicidad, pero no la suficiente para que lo romántico se sostenga: su química se siente más amistosa que pasional. Los diálogos de Reiss tampoco ayudan. La película alterna flirteos con humor que no remata, perlas profundas que intentan a toda costa convertirse en frases memorables, y confesiones que quieren tocar la fibra pero terminan sonando forzadas: declararse y al mismo tiempo excusarse por errores pasados se vuelve un mecanismo repetido y poco creíble.

Sin embargo, cuando la historia permite que los personajes vuelvan a su infancia o adolescencia, la película brilla. Es fascinante —y a la vez inquietante— comprobar que bajo cualquier adulto sigue latiendo su versión joven: con sueños, miedos, virtudes y traumas. Ver a Farrell enfrentarse a su primer desamor y cómo su comportamiento se altera al reconectarse con ese yo adolescente es, de verdad, revelador. Igual de potente es la secuencia en la que Robbie recupera por un instante a la niña que solo quiere ser cuidada. Esas escenas son, sin duda, las más honestas del filme.

Donde Kogonada falla es en la simbología: las puertas que representan abrirse al amor son una idea elegante, pero la película las explica hasta el exceso —literal y musicalmente— hasta perder su misterio. La metáfora se entrega al espectador con todo puesto sobre la mesa, como si se temiera que el público no pillara la idea por sí mismo. Ese exceso de explicación convierte al guion en algo sobre-explicativo e incluso pretencioso.

Hay, no obstante, momentos de lucidez. La reflexión de la madre de Robbie —Lily Rabe— sobre no perseguir la «felicidad absoluta» sino aspirar a la satisfacción cotidiana es uno de ellos. Es una observación rica: vivimos obsesionados con un ideal de felicidad inalcanzable cuando quizá bastaría con aprender a estar contentos y disfrutar los instantes felices que aparecen.

Y aun así, la película cae en varios clichés del romance moderno. El tercer acto propone una ruptura anticlimática que arrastra la emoción y hace que el regreso pierda potencia. Habría sido más valioso mostrar el dolor y la persistencia de intentar abrir esas puertas, en lugar de optar por el regreso fácil y el retorno a patrones antiguos.

En resumen: Kogonada tenía la planificación y las piezas para construir ese gran viaje atrevido y maravilloso, pero el resultado final se queda corto. El afán de subrayar y provocar emoción a golpe de explicaciones le resta fuerza al sentimiento buscado. Aun así, la cinta conserva su ternura y es visualmente vibrante, y por esos destellos vale la pena verla —aunque sin creer del todo en su promesa.


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