Unboxing Review Canciones El Álbum

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CRÍTICAS de ESTRENOS: LIVING

CRÍTICAS de ESTRENOS: LIVING

"Cuando no hay por qué inventar... el sudafricano Oliver Hermanus lleva a cabo los arreglos justos a una melodía que conmueve tanto como hace 70 años"

Escrito por: David Vázquez Baciero

Título Original: Living

Duración: 102 mins.

Dirección: Oliver Hermanus

Guion: Kazuo Ishiguro, Akira Kurosawa

Fotografía: Jamie Ramsay

Música: Emilie Levienaise-Farrouch

Reparto: Bill Nighy, Aimee Lou Wood, Tom Burke, Alex Sharp, Adrian Rawlins, Hubert Burton, Oliver Chris, Michael Cochrane, Anant Varman, Zoe Boyle, Lia Williams, Jessica Flood, Jamie Wilkes, Richard Cunningham, John Mackay, Ffion Jolly, Celeste Dodwell

Género: Drama

Distribuidora: Wanda Visión

Fecha de Estreno en Cines: 4 Enero 2023

SINOPSIS

Ambientada en la década de 1950 en Londres, la película sigue a Williams, un veterano funcionario enterrado bajo el papeleo de la oficina mientras la ciudad se reconstruye después de la II Guerra Mundial. Al recibir un demoledor diagnóstico médico, vacía su cuenta de ahorros y se dirige a la costa. Se promete hacer de sus últimos días un tiempo significativo, pero se percata de que no sabe cómo hacerlo. Después de que un misterioso desconocido lo lleve a salir por la ciudad, Williams se siente intrigado por una joven compañera de trabajo que parece poseer la vitalidad que él había perdido. Con la ayuda de su optimista colega, Williams pone todo su empeño en hacer feliz, de un modo sorprendente, a su entorno.

OPINION

Cuando no hay por qué inventar

El sudafricano Oliver Hermanus lleva a cabo los arreglos justos a una melodía que conmueve tanto como hace 70 años

Escrito por: David Vázquez Baciero

En el rastreo que hace del origen de la burocracia el sociólogo David Graeber, tal vez uno de los pensadores más agudos que ha dado el siglo XX, en La utopía de las normas, este trata de deshacer algunos de los malentendidos que pesan sobre ella. Entre ellos destaca el hecho de que, lejos de ser un invento exclusivo de impersonales dictaduras soviéticas, la burocracia hunde sus raíces en el nacimiento de las democracias liberales y en el mismísimo Estado de derecho.

Así lo explica Graeber: "Aunque la idea de que el mercado se opone de alguna manera al gobierno (y es independiente a él) se ha empleado al menos desde el siglo XIX para justificar las políticas laissez-faire destinadas a reducir el papel del gobierno, nunca ha tenido ese efecto. El liberalismo inglés, por poner un ejemplo, no implicó una reducción de la burocracia estatal, sino exactamente lo opuesto: una creciente gama de secretarios, registradores, inspectores, notarías y oficiales de policía que hacían posible el sueño liberal del libre contrato entre individuos autónomos. Resultaba que mantener una economía de mercado libre requería mil veces más papeleo que una monarquía absolutista al estilo Luis XIV".

Uno adivina una crítica más o menos parecida a la burocracia, los burócratas y las inmensas montañas de papeles que separan su mundo y el del resto de mortales en los primeros minutos de Living, el último estreno del cineasta sudafricano Olivier Hermanus. Pero esta historia es más, mucho más. Siempre lo fue.

Lo es, en primer lugar, porque Living no es más que una actualización de Ikiru (Vivir), del celebradísimo director japonés Akira Kurosawa, que a su vez se basa, gracias al firme pulso narrativo del premio Nobel de Literatura Kazuo Ishiguro, guionista en Ikiru, en una adaptación más o menos libre de La muerte de Iván Ilich, de León Tolstói.

Tanto Living como Ikiru cuentan los últimos meses de Williams/Watanabe, un funcionario que, tras pasar los últimos 30 años de su vida enterrado bajo infinitas columnas de formularios, recibe la peor noticia posible: padece cáncer de estómago y le queda menos de un año de vida. Es en este preciso instante cuando el protagonista, un hombre recto, monótono, puntual hasta la extenuación y mortalmente aburrido, se da cuenta súbitamente de una trágica realidad: no ha vivido. Al menos, no lo ha hecho durante las últimas décadas de su vida, que ha dedicado a dejar pasar las horas en mitad de una oficina anodina en la que ha rehuido de cualquier conflicto y, de paso, también de cualquier intento de dar a su vida algún significado.

Deseoso de recuperar el tiempo perdido, el funcionario da en primer lugar con un escritor bohemio al que pide que le guíe en el mundo de la noche para aprender a pasárselo bien: "Me da vergüenza reconocerlo, pero no me acuerdo de cómo se hacía". Aquello, sin embargo, tampoco termina de llenarlo. La respuesta, finalmente, la encuentra en una exempleada de su oficina que le recuerda que aún tiene tiempo de dejar un legado, de trascender a través del recuerdo de quienes lo conocieron, de hacer el bien.

Ikiru y Living son casi clónicas. En este sentido, Hermanus va más allá del homenaje y por momentos calca casi plano a plano la obra maestra de Kurosawa. Habrá quien diga que esta adaptación contemporánea no inventa nada y que, por tanto, se trata por ello de una obra menor. A mi modo de ver, es justo al revés: es la mejor virtud de la película. Living saca de Ikiru algunos detalles que han envejecido mal o que no terminan de funcionar del todo bien, como esa irritante voz en off que de cuando en cuando dice al espectador lo que debe pensar sobre Watanabe o la larguísima escena final del funeral del protagonista. En su lugar, ofrece una actuación más que destacable del veterano Bill Nighy (un funcionario más creíble, pienso, que el de Takashi Shimura, que mantiene la mirada de desconcierto incluso cuando la historia ya no la pide) y, sobre todo, un relato actualizado, simplificado y pulido de una película que resulta hoy tan conmovedora como cuando se estrenó hace más de 70 años.

Vivimos desde hace al menos un par de siglos sometidos al mito del genio creador. Muchos creen que los cineastas, los escritores, los artistas, los poetas e incluso los juntaletras de poca monta como pueda ser un servidor creamos nuestras historias desde cero, subidos a lo alto de una inmensa torre de marfil que nos mantiene ajenos al vulgo. Sin negar que pueda haber quien se haya creído el cuento, debo confesar que la realidad es muy distinta: casi nadie crea nada desde la nada, todas las historias están más o menos contadas ya. Tanto es así que a veces, como hace Living, lo más que podemos hacer es recibir con respeto el valiosísimo legado que nos dejaron quienes nos antecedieron y, sin inventar necesariamente nada, tratar de mejorarlo un poquito. Es precisamente lo que hacen Williams y Watanabe cuando se empeñan en construir el parque infantil que centra los últimos minutos de sus respectivas películas. Un parque infantil: he ahí una mejora humilde, pero decisiva, para un barrio. Eso es, exactamente, lo que representa Living para Ikiru.


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